6.11.12
Cornetazo IX: Mañana de domingo
30.10.12
Cornetazo VIII: El hombre más valiente del mundo
Sentado en su escritorio pasaba las páginas del enorme tomo lentamente. Se trataba de su libro favorito, una vieja y desvencijada edición de una novela de aventuras, que sostenía en su mano izquierda como si sostuviera un gorrión. Cada página parecía requerir de toda su atención, cada ilustración varios minutos. Parecía como si se estuviera despidiendo de cada una de ellas. Sólo días después, cuando ya todo hubo terminado, me di cuenta de que así era.
Sin saber qué hacer ni qué decir, obedecí. Supongo que por la costumbre. La lección avanzaba a buen ritmo, como todos los días. Tenía el don de hacer atractivas las materias más anodinas, debía ser la experiencia de años teniendo que introducir conocimientos en las molleras de tantos zoquetes como yo. Y a fe mía que lo hacía bien.
Tras la trigonometría pasamos a la lengua y la literatura, me hizo leer un pasaje del libro que tenía en sus manos cuando llegué y analizar sintácticamente un par de párrafos enteros. En la hora de historia tratamos de la caída de los regímenes absolutistas.
Terminamos con una redacción de doscientas palabras. La corrigió en el momento. Resoplando me dijo:
-Tiene usted que mejorar en la puntuación. Parece que hubiera cogido un puñado de comas y las hubiera esparcido por la hoja. Y pelotón lleva tilde porque es aguda acabada en n.
-¿Entonces...?- balbucí.
-Entonces mañana le veré, señor Huertas, porque es martes y hay escuela.
(Dedicado a mi buen amigo Miguel y a todos con su misma vocación. No abandonéis. No nos abandonéis.)
23.10.12
Cornetazo VII: Leve error de cálculo (parte II)
22.10.12
Cornetazo VI : Apocalipsis.
19.10.12
Cornetazos V: La escalera.
Cornetazo IV: Observado.
Hoy, como todos los días, al salir del trabajo he cogido el autobús. Como cada jornada, aturdido por todo un día de lidiar con la estupidez propia y ajena, me he sentado en el mismo asiento con la idea de dormitar todo el trayecto. Esa es mi costumbre. Me sirve para recuperar parte de la cordura perdida durante el día de trabajo. Hoy no he podido.
¿Han oído alguna vez a alguien decir que nota cuándo lo están observando? Personalmente siempre me había parecido una gilipollez como un piano. Hasta hoy. Empieza siendo un hormigueo, incómoda pero no del todo desagradable, que te recorre la espina dorsal. Por lo visto se pasa si el observador se da a conocer o es descubierto en seguida Yo no he conseguido desenmascar a mi vigilante, así que he pasado a la fase dos: una desazón muy desagradable, como si un caracol recorriera mi nuca muy lentamente. Ahí ha sido cuando me ha empezado a mosquear y a mirar mal a todo el mundo dentro del autobús. Hasta le he bufado a una señora que refunfuñaba por lo brusco que era el conductor al dar las curvas.
Mi paranoia me ha llevado a un momento de paroxismo tal que, recordando la maniobra antiseguimiento "Loco Iván" que se describe en "La caza del Octubre Rojo", me puse en pie y cada pocos minutos me giraba repentinente es espetando un sonoro "¡Ja! A quien estuviera a mi espalda.
En ese momento han pasado dos cosas. Primero el conductor, harto de gruñidos y sobresaltos, me ha echado drl autobús. En segundo lugar, he descubierto a mi observador que, desde su escondrijo (una mochila en brazos de un tipo con pinta de hippie) me ha despedido con un sonoro "cuack".
Parecía sonreir el hijo de pata.
18.10.12
La puerta de Ishtar. El Juego de Rol.
El juego, cuya publicación en papel está próxima, ya está disponible en pdf al módico precio de 5 euros. En el siguiente enlace se dan las intrucciones para su compra.
http://www.puertaishtar.com/2012/10/la-puerta-de-ishtar-ya-la-venta-en-pdf.html
17.10.12
Cornetazo III: Crisis.
¡Apoyemos a Charlie Marlow en su titánica lucha contra la Rata Gigante de Sumatra!
Se trata, pues, de apoyar como buenamente se pueda mediante el método "crowdfunding" (el clásico Juan Palomo pero en inglés) la publicación de la novela "Charlie Marlow y la Rata Gigante de Sumatra" de Alberto López Aroca, ínclito escritor albaceteño, al que tengo el honor de contar entre mis amigos.
No sólo es necesaria la aportación económica, ya sabemos cómo está el patio y muchos habrá que no puedan aflojar la mosca. Se agadecerá cualquier modo de publicidad (Facebook, tweeter, hombre anuncio, nudista en mitad de un Clásico futbolístico,...)
Como soy un torpe y probablemente no me sabría hacer entender, aquí os dejo el último comunicado del autor de la novela. En él quedan enlazados todos los sitios en los que podéis consultar en qué consiste el proyecto, la novela, la vida y milagros del autor y, lo que es más importante, el enlace con la página web lanzanos.com, en la que se puede realizar la aportación. Sin más os dejo con Alberto:
"Mis muy queridos amigos:
Este es el segundo de tres mailes masivos sobre el tema que reza el encabezado. No sufráis. Sólo enviaré un tercero más.
Ya quedan sólo 20 días para que concluya el proyecto de crowdfunding (financiación masiva, microfinanciación, suscripción) para editar mi nueva novela CHARLIE MARLOW Y LA RATA GIGANTE DE SUMATRA (una aventura de Sherlock Holmes).
Estamos en el 55% de financiación, esto es, 2220 euros de los 4000 que proponíamos en la página de lanzanos.com (http://www.lanzanos.com/proyectos/charlie-marlow-y-la-rata-gigante-de-sumatra/). Yo creo que no está del todo mal y que podemos conseguirlo.
Primero, quería agradeceros a todos vuestra ayuda en la difusión del proyecto, que está siendo grande, y también quiero dar las gracias a todos los que están apoyando económicamente y confiando en mí. De momento, hemos sumado 68 apoyos.
Me consta que algunos de esos apoyos no se han reflejado todavía por cuestiones técnicas de lanzanos.com, pero ya me han garantizado que no existe problema alguno y que todos los apoyos se reflejarán debidamente. Si alguien tiene alguna duda, que me escriba a este correo electrónico, por favor.
Como parte de la promoción, creé un blog oficial del crowdfunding, donde he colgado los dos primeros capítulos de la novela: http://ratadesumatra.blogspot.com.es/2012/09/exclusiva-los-dos-primeros-capitulos-de.html
En este blog se puede consultar al instante cómo va la financiación, así como una lista de blogs, foros y páginas web donde se está promocionando este proyecto. He intentado ser exhaustivo, pero ya se sabe que Internet es un lugar misterioso. La lista de páginas es la siguiente:
EL DESVÁN DEL ABUELITO:
http://eldesvandelabuelito.blogspot.mx/2012/10/actualidades-urgentes-sherlock-holmes-y.html
LUIS MÍGUEZ, DIBUJANTE Y DETECTIVE:
http://luismiguezilustrador.blogspot.mx/2012/10/charlie-marlow-la-rata-gigante-de.html
INFECTADOS: EL BLOG DEL ZOMBIE
http://infectadosblog.blogspot.mx/2012/10/crowdfunding-charlie-marlow-y-la-rata.html
CORAZÓN LITERARIO:
http://corazonliterarioblog.blogspot.mx/2012/10/proyectos-crowdfunding-de-alberto-lopez.html
LA CASA DESHABITADA:
http://guerradoblemuerte.blogspot.com.es/2012/09/crowdfunding-para-charlie-marlow-y-la.html
EL RITO DE CHUD:
http://taelus.blogspot.com.es/2012/10/charlie-marlow-y-la-rata-gigante-de.html
CÍRCULO HOLMES:
http://www.circuloholmes.org.es/cholmes/index.php?option=com_content&task=view&id=1263&Itemid=2
LA BIBLIOTECA DE PAPEL: http://requiemdehumo.blogspot.com.es/2012/09/algunas-palabras-sobre-charlie-marlow-y.html
LOS OJOS DE JULIA:
http://www.losojosdejulia.es/tag/sumatra/
FOROS ACB.COM:
http://foros.acb.com/viewtopic.php?f=3&t=461194
221b DE BAKER STREET:
http://belakarloff221b.wordpress.com/2012/09/27/charlie-marlow-y-la-rata-gigante-de-sumatra-de-alberto-lopez-aroca-colabora/
AVENTURAS EXTRAORDINARIAS:
http://aventurasextraordinarias.blogspot.com.es/2012/09/el-crowdfunding-de-charlie-marrow-y-la.html
A VISTA DE GÁRGOLA:
http://cinegargola.blogspot.com.es/2012/09/el-crowdfunding-de-charlie-marlow-y-la.html
EL JUEGO DEL MUERTO:
http://eljuegodelmuerto.blogspot.com.es/2012/09/el-ano-de-la-rata.html
CUADERNO DE BITÁCORA DEL MATILDA BRIGGS:
http://sherlockholmes.lacoctelera.net/post/2012/09/28/el-blog-charlie-marlow-y-rata-gigante-sumatra
EL BLOG DE INNSMOUTH:
http://elblogdeinnsmouth.blogspot.com.es/2012/09/charlie-marlow-y-la-rata-gigante-de.html
FLORA Y FAUNA:
http://florayfauna.blogspot.com.es/2012/09/saben-ya-que-el-amigo-alberto-lopez.html
SÁBADO NEGRO DE ALBACETE:
http://sabadonegroalbacete.blogspot.com.es/2012/09/el-blog-de-charlie-marlow-y-la-rata.html
FORO SEDICE.COM:
http://www.sedice.com/modules.php?name=Forums&file=viewtopic&p=1350758#1350758
EL MAR DE TINTA:
http://www.mardetinta.com/quien-quiere-mas-sherlock-holmes/
A todos ellos, muchísimas gracias.
Otros muchos amigos y colegas están ayudando a promocionar el proyecto a través de facebook y twitter, e incluso en la prensa escrita. A todos quedo agradecido por su interés y por su apoyo.
Ahora que faltan sólo 20 días para terminar, tengo intención de seguir promocionando por tierra, mar y aire CHARLIE MARLOW Y LA RATA GIGANTE DE SUMATRA. Creo sinceramente que vamos a alcanzar nuestro objetivo y que todos seremos mucho más felices después de esto. Como no voy a molestaros masivamente, os ruego estéis atentos tanto a mi perfil de facebook, como el perfil de facebook del crowdfunding (http://www.facebook.com/pages/Charlie-Marlow-y-la-rata-gigante-de-Sumatra/264837023619572?ref=ts&fref=ts), la web oficial del proyecto e incluso mi blog personal, CUADERNO DE BITÁCORA DEL MATILDA BRIGGS (www.lacoctelera.com/sherlockholmes).
Como nota curiosa, os diré que habrá alguna sorpresa extra en las recompensas (tiene que ver con la lámina de Sergio Bleda, que ha tenido un éxito inusitado incluso antes de que la hayamos mostrado en público), y que en unos días habré preparado un pequeño y divertido podcast promocional del crowdfunding para publicar la novela. También anunciamos que tenemos al menos un anunciante (según la recompensa correspondiente) para el interior del libro. Animo a los amigos libreros y a cualquiera que desee promocionar su nueva novela, tebeo o editorial, su carnicería, su fábrica de rabos de boína, su marca de whisky, su bufete de abogados, o lo que desee, a que nos apoye con las recompensas de publicidad en el interior del libro (60 euros, incluye ejemplar firmado, etc) o en la contraportada (250 euros, incluye lo mismo).
A todos aquellos que deseéis regalar ejemplares de esta novela en cumpleaños, fiestas, aniversarios o simplemente porque os parece que Alberto López Aroca es un autor fundamental de la Historia de la Literatura al que hay que leer, un brillante e ingenioso caballero “que no sólo va por ahí con un bolso y al que le gusta estrenar calcetines” (Sergio Bleda dixit), un prohombre de nuestro tiempo… os recomiendo la recompensa de 10 ejemplares firmados y blablablá por 105 euros: Siempre podéis agrupar a unos cuantos amigos y haceros con un ejemplar por 10,5 eurillos…
A los amigos más pudientes, sherlockianos o no, os sugiero que consideréis la recompensa de 500 euros (sí, ¡500 euros solamente!), un precio justo por LA INMORTALIDAD, pues el vil metal os convertirá en PERSONAJES PRINCIPALES de una exclusivísima nueva aventura del señor Sherlock Holmes.
¡Sí, es cierto!
Con vuestro nombre y apellidos (o los de la persona a la que deseéis inmortalizar), para que entréis en el parnaso de los personajes pasticheros de la Historia de la Humanidad…
De nuevo, os agradezco a todos de antemano la ayuda, los apoyos, la paciencia y la difusión que le estáis brindando a CHARLIE MARLOW Y LA RATA GIGANTE DE SUMATRA. Cualquier nueva aportación o difusión del proyecto será más que bien recibida.
Ni yo, ni Sherlock Holmes, ni la Rata de Sumatra os decepcionaremos. Palabra de honor.
Abrazos, besos y mi amistad,
Alberto López Aroca"
(AQUÍ TENÉIS UNA CARTA ANTERIOR, POR SI ALGUNO DE USTEDES ES NUEVO...)
APOYO PARA LA RATA DE SUMATRA (I de III)Subject: Apoyo para la Rata de Sumatra (I de III)
Mis muy queridos amigos:
Ya está en marcha el crowdfunding (ahora explico qué es esto) para editar mi novela CHARLIE MARLOW Y LA RATA GIGANTE DE SUMATRA (una aventura de Sherlock Holmes). Este es el enlace:
http://www.lanzanos.com/proyectos/charlie-marlow-y-la-rata-gigante-de-sumatra/
Procuraré no atosigaros demasiado con el mailing, así que me comprometo a enviaros un máximo de tres correos masivos, de los cuales este es el primero. (Si tengo algo que decirle a alguien en privado, ese correo no cuenta, claro…)
Os explico.
¿QUÉ ES EL CROWDFUNDING?
El crowdfunding es un sistema de financiación colectiva. Para apoyar el proyecto de la edición de mi novela CHARLIE MARLOW Y LA RATA GIGANTE DE SUMATRA tienes que registrarte en lanzanos.com (es sencillo; lo puedes hacer automáticamente si tienes facebook, o bien con tu correo electrónico).
El crowdfunding utiliza el sistema de “recompensas”: Según lo que pagues, recibes. Por ejemplo, la recompensa más barata son 15 euros, y con ella recibes un ejemplar del libro firmado y dedicado. La más cara es de 500 euros, y con ella recibes un montón de cosas (ver el enlace que he puesto arriba), y además un cuento exclusivo y personalizado donde el mecenas es un cliente de Sherlock Holmes, un miembro de la banda de Moriarty, la esposa de Watson, o lo que proceda. Hay once recompensas distintas.
IMPORTANTE: Se puede pagar por Paypal o con tarjeta de crédito. EL CARGO NO SE REALIZA HASTA QUE EL PROYECTO RECIBE TODOS LOS APOYOS DE FINANCIACIÓN, es decir, no se te cobra hasta que el proyecto sale adelante, y si no sale, no se te cobra nada.
No podéis perder, salvo que el proyecto salga adelante. Y en ese caso, recibís la recompensa que hayáis elegido.
EL PROYECTO
CHARLIE MARLOW Y LA RATA GIGANTE DE SUMATRA es una novela sherlockiana y de aventuras, en la línea de algunas de mis obras anteriores como SHERLOCK HOLMES Y LOS ZOMBIS DE CAMFORD o LOS ESPECTROS CONJURADOS. Hay más detalles de la sinopsis y demás en el enlace que os he facilitado arriba.
La cantidad que pido para este proyecto es de 4.000 euros. A día de hoy, hemos recaudado el 36%, esto en 48 horas. Si logramos la financiación completa y los 40 días que tenemos para recaudar no se han pasado, podéis seguir comprando recompensas.
Tenemos previsto que el volumen, estéticamente, sea un homenaje a la serie original de la revista Baker Street Journal (la de los años 40), con cubiertas en color mostaza. También tendrá solapas y alguna que otra sorpresa sherlockiana en el interior, y que no desvelaremos aquí.
La ilustración de portada del libro es obra del autor internacional Sergio Bleda (conocido por obras como El Baile del Vampiro, La conjura de cada miércoles o Doll’s Killer, entre otras muchas), y entre los items que pueden encontrarse en las recompensas se encuentra una lámina exclusiva realizada por este autor de cómics para esta edición, así como el original de la lámina.
Entre otros items que podrán conseguir aquellos que apoyen nuestro proyecto, se encuentra un relato exclusivo y en edición limitada, numerado y firmado por el autor, que lleva por título “La rata gigante de Sumatra en el Oeste”, así como la posibilidad de recibir en su domicilio una carta exclusiva de Sherlock Holmes enviada desde el 221b de Baker Street, en Londres.
Aquí tenéis un vídeo donde explico la sinopsis de la novela, en plan Chicho Ibáñez Serrador:
http://www.youtube.com/watch?v=9htQk0XqYfY&feature=youtu.be
Si podéis difundir el asunto, os lo agradecería muchísimo, pues el éxito de este tipo de proyecto depende de que llegue a los interesados.
Os hablaré de nuevo en cosa de 15 días y os contaré cómo va el tema.
Gracias por vuestra paciencia y recibidid el más caluroso (y sherlockiano) de los saludos,
Alberto López Aroca
16.10.12
Cornetazo II: Un leve error de cálculo.
15.10.12
Primer cornetazo: Terrores Cotidianos.
NOVEDADES: CORNETAZOS
Mis agradecimientos al Sr. Polo por servir de ejemplo e inspiración. Si consigo la mitad de lo que él consiguío con aquel blog ya cerrado me doy con un canto en los dientes y me hago un rosario con mis dientes de marfil.
29.2.12
FUE UN HONOR
Subió el viejo mago a las tablas. Una ovación."Un público crítico, ¿eh?"
Todo esto, claro está, sin red. Como siempre. Como testigos, dos azorados miembros del público y la implacable lente de una cámara que, en un riguroso primer plano, daría fe de cualquier fallo, cualquier momento de debilidad causado por el peso de los años. Se lo hubiéramos perdonado todo. Sólo él quedaba como juez, y hubiera sido un juez implacable.
Para alivio de todos, todo salió bien. Más que bien diría yo. Incluso ese maldito nueve de diamantes que se coló, travieso, entre las cartas negras quedó como el error persa de ese increíble tapiz que, con paciencia y mesura, tejió ante nuestros ojos. Juegos de cartas, no de prestidigitación sino de lentidificación (¡No se puede hacer más lento!), se iban sucediendo, hilvanados con pequeños relatos, fragmentos de poesía, anécdotas y algún que otro chiste. "Porque he firmado un contrato que me obliga a estar aquí hora y media, y todas estas boludeces suman.", se excusó el maestro. Yo, por mi parte, atesoré todas y cada una de esas pequeñas piezas, como un avaro. Las metí en la caja fuerte de mi memoria para, cuando vengan las vacas flacas del ánimo, recordar que un hombre manco me demostró que, con la más pequeña de las articulaciones de su mano zurda, podía humillar a todas las máquinas del mundo. Y, mientras tanto, demostrar al mundo entero que la ilusión alimenta, y que marida perfectamente con una copa de buen vino.
Por todo esto, y por muchas cosas más que no soy capaz de describir, muchísimas gracias Sr. Lavand. Fue un honor.
22.9.11
HADAS EN MADRID (Título a revisar)
Cuando, apenas un segundo después que el rayo, el trueno retumba tan fuerte que nota su vibrar en el pecho, Asesino sonríe. No ha podido elegir mejor momento para culminar su trabajo: una noche de tormenta, el viento buscando, malicioso, cualquier resquicio para helar hasta la médula al incauto que se deje atrapar por la noche en un paraje así, ensordeciéndolo con su agudo silbido. Un bosque viejo, enmarañado, opresivo, en el que solo las alimañas mas rastreras prosperarían. Una cabaña de cazadores abandonada a la ruina, porque en aquel sitio no hay nada decente que cazar.
Sí, definitivamente es lo más adecuado para su labor de hoy, casi diría que es el contexto más elegante. Hoy va a terminar con la vida de una tenebrosa criatura que se despedirá de este mundo en el más tenebroso de los marcos. Y va a ser así porque Asesino nunca falla.
Parémonos a observar al sonriente ejecutor: Asesino es alto y delgado. Parece llevar la cabeza afeitada, si es que alguna vez tuvo cabello. Su tez es oscura, opaca, aunque no podríamos definir de qué parte del mundo es, pues sus facciones son tan anodinas que no dejan ni rastro en la memoria. Sus ojos son aún más oscuros que su piel. Queremos pensar que son negros, porque parecen hechos del vacío, y todos pensamos que el vacío es negro. Viste con los colores de las sombras y como una sombra se mueve. De hecho, si llegas a acercarte lo suficiente, si llegas a fijarte con detenimiento en los detalles, te darás cuenta de que parece hecho de la materia de las sombras, si estas tuvieran materia. Y ese absurdo pensamiento sería lo último que pasaría por tu cabeza.
La cabaña se alza en un claro rocoso y yermo del bosque. Por su única ventana titila la débil luz de lo que parece un candil viejo, es luz antigua como la que daba el aceite de ballena a nuestros abuelos. Una tenue hilacha de humo sale por lo que debería ser la chimenea, y que no es más que un agujero en el techo. Con tres o cuatro ágiles zancadas, Asesino cruza el claro, silencioso como un zorro y tan fácil de ver como una ráfaga de brisa en la noche. Se agazapa junto a la ventana y se asoma a contemplar la escena que dentro se desarrolla.
De nuevo os pediré que prestéis atención a la escena que dentro se desarrolla, merece la pena el esfuerzo. Hay dos personas compartiendo el pequeño cuarto que es la única estancia de la cabaña. En un pequeño camastro, casi a ras de suelo, hay un bebé, de apenas un año, enfrascado en una terrible batalla a manotazos con un móvil de mariposas precariamente clavado al techo. Por el estado de las alas de las mariposas de colores, parece ir ganando. El otro ocupante de la cabaña es un hombre que, en la otra esquina de la habitación, escribe encorvado en un pequeño pupitre de escuela, seguramente recuperado de algún colegio clausurado. Es un tipo enorme,vestido con un inmenso abrigo de cuero (seguro que una sola vaca no fue suficiente para su confección), y se cubre la cabeza con un gorro de lana como los que usan los cazadores de ballenas de las películas. Tiene un punto cómico ver a un tipo de ese tamaño afanarse y sudar a chorros mientras trata de escribir en una mesa pensada para colegiales de diez a doce años. Además parece no tener demasiado éxito en su empeño, dado el gran número de papeles arrugados y lapiceros rotos que hay en el suelo y sobre el pupitre.
El acechador se queda inmóvil, sorprendido por la tranquilidad de la escena. No es esto para lo que le han prevenido. El venía a cazar a la bestia más terrible que había pisado esas tierras en cientos de años y se encuentra a un tierno infante, del que nada le han hablado, y a un gigantón tratando de juntar unas cuantas letras, como si de un alumno aplicado y poco brillante se tratara. Y hay algo más: Una sensación indefinible de armonía, de bienestar, que no cuadra con lo que debería estar pasando dentro de esa cabaña.
Por cómo es el sitio y por cómo está la noche, debería estar siendo una noche horrible para los dos, con el niño llorando de frío, el hombre tiritando y con dolor de huesos, las mantas húmedas y el candil apagándose cada dos por tres a causa de las corrientes de aire. Sin embargo no es así. La estancia irradia calor, procedente al parecer de una desvencijada estufa de carbón que hay en una esquina. La luz, si bien es tenue, no por ello es desagradable ni mortecina, alumbra lo suficiente y no molesta a la vista. Las mantas, viejas mantas militares de color verde, en lugar de estar infestadas de chinches dan la impresión de abrigar con solo mirarlas. Y así cientos de detalles, nimios, insignificantes, pero que todos juntos hacen pensar en que los ocupantes de la pequeña cabaña no podrían estar en un sitio más acogedor. Es como si los muebles de la habitación estuvieran haciendo un último y soberano esfuerzo para cumplir su misión y hacer agradable la estancia, antes de convertirse en basura en el vertedero.
Es un pensamiento raro para cualquiera, pero Asesino no es cualquiera y por eso en lugar de asombrarse o hacerse preguntas absurdas, lo que hace es ponerse furioso. Sus patronos no han sido honestos con él. Está claro como el agua que éste es el objetivo, no ha podido fallar en la caza, esas cosas a él no le pasan. No le han dado toda la información sobre la presa, no es la Bestia maligna y sanguinaria que le han descrito. Del niño, por otro lado, no le han dicho nada. Toda esta situación es muy irregular y, cuando te dedicas a algo tan drástico como la eliminación, las irregularidades son algo que no te puedes permitir. Por esa razón hace algo que nunca ha hecho con ninguna de sus víctimas: llamar a su puerta educadamente.
-Pase, la puerta está abierta- dice una agradable voz de tenor- Llega usted tarde, le esperábamos desde hace una hora larga.- añade en tono de amable reproche. Un cordial mayordomo británico no lo hubiera hecho mejor.
Efectivamente la puerta está abierta, y le recibe con un gracioso chirrido. La sensación de comodidad se acentúa en cuanto pone un pie en la casa. La temperatura es sumamente agradable, hace calor pero no sofoca, ni el candil ni la estufa hacen humo y no se nota ni la más mínima corriente de aire. Tampoco entra una gota de agua, aunque las grietas entre las tablas de la pared son tantas y tan grandes que dejan pasar la luz de los relámpagos de la terrible tormenta que fuera sigue desatando su furia.
-Póngase cómodo. En un minuto estoy con usted, he de terminar esta carta. Me está costando más de lo que esperaba y si lo dejo ahora que he cogido el hilo, luego seguro que tengo que volver a empezar. Siéntese en la butaca. Es vieja pero muy cómoda.
Asesino, con un movimiento fluido y elegante, se despoja de su capa y la cuelga en el respaldo de la butaca. Efectivamente es muy cómoda y eso lo pone aún más en guardia. Una butaca de la que se salen los muelles y el relleno no debería ser cómoda.
-¿Sabes quién soy?- pregunta Asesino. Su voz es alta y sonora, voz de mando la llaman algunos.
-Por supuesto que sí, mi Príncipe. ¿O quizá prefiráis Alteza?. No sé, siempre me hago un lío con los títulos. Por mucho que me he proponga entenderlos no hay manera- le responde, sin dejar de escribir. Luego añade- Espero que le guste el té, porque es lo único que tenemos. No tenemos previsto pasar aquí más que esta noche y, como puede usted ver, no hay demasiados supermercados por la zona. Ja, Ja.
El tipo sigue escribiendo durante unos minutos más y, con un gruñido y una maldición, termina la carta. Amorosamente coloca ese último folio en el montón que hay en el pequeño pupitre y suspirando se levanta de la silla. Mide más de dos metro y sus brazos, que estira hasta tocar el techo mientras bosteza, son increíblemente largos. Sigue dando la espalda a Asesino, su rostro sigue siendo un sombra oculta por el gorro de lana y las solapas del abrigo, que lleva subidas hasta las mejillas.
-Bien. Ahora hagamos ese té, que ahí fuera ha debido pasar un frío de muerte.- Dicho eso se vuelve a su invitado.
Con ese gesto, todas las dudas que tenía Asesino se disipan. En verdad es la Bestia. En verdad debe matarlo, ya se preocupará más tarde de las irregularidades del contrato. En un movimiento, desenvaina su daga y apuñala, es un golpe tan practicado que parece mágico. La estocada es una de sus preferidas, de las que dejan seca a la víctima sin que pueda decir esta boca es mía. Va dirigida a la sien, al estrecho hueco que ahí dejan los huesos del cráneo. Si se asesta bien, destruye el cerebro, y el ser vivo que la recibe se ve reducido a una bolsa de fluidos aún antes de tocar el suelo. La ha asestado cientos de veces. Nunca ha fallado. Hoy golpea el aire.
Sin saber cómo la Bestia está ahora a su espalda. Una de sus manos, de sus garras, lo aferra por el brazo derecho,el armado. Con el otro brazo, inhumanamente largo, le rodea el cuello. Todo es demasiado rápido, demasiado irreal, como si la Bestia pasara de una posición a otra sin preocuparse de las intermedias. Y empieza a apretar. Resulta como si dos boas de acero hubieran hecho presa de él a la vez. Poco a poco la presión va en aumento. Asesino se ve, por primera vez en su vida, a merced de otro ser vivo. Todos sus esfuerzos son en vano, la presa es de hierro y cada vez se va cerrando más. Un chasquido y un gemido de dolor acompañan la fractura del brazo derecho, que se rompe como una ramita en manos de un crío destrozón. La daga cae al suelo, limpia e inútil.
Su gemido de dolor casi no se oye pues apenas puede tomar aire. Boquea como un pez fuera del agua. Unas chispeantes luces blancas empiezan a nublar la visión de Asesino. Lejos, como si viniera desde el fondo de una mina, escucha una voz cargada de ira y veneno. Un susurro en el que habla la muerte:
-¡Shhhhhhhhhhhh! No hagas ruido, duende.-Escupe- No perturbes el descanso de mi niña o ese brazo roto será el menor de tus dolores. Hace un momento, antes de comportarte como el huésped indeseado que siempre has sido, me has preguntado si sabía quién eras. Como siempre, los de tu ralea hacéis las preguntas incorrectas. La pregunta correcta te la tenías que haber hecho a ti mismo. Y esa pregunta es: ¿sé realmente quién me está invitando a un té en una terrible noche de tormenta?-un profundo gruñido de furia sale de la garganta de la Bestia, que ahora mira por la ventana- Ahora duerme, duende, luego me ocuparé de ti como tu rango y tu clase se merecen. Más invitados que atender. La noche será larga.
La presión sobre la traquea aumenta, el poco aire que podía inspirar deja de entrar en sus pulmones. Las luces blancas dan paso a manchas negras. Luego la oscuridad, el silencio y el miedo llegan de la mano para Asesino.
Asesino despierta. Está sentado en la butaca, amarrado de pies y manos, en otras circunstancias eso solo hubiera servido para enfurecer al despiadado ejecutor. En otras circunstancias se habría zafado en un parpadeo, y habría sembrado la muerte a su paso tan solo por la afrenta recibida.
Pero las circunstancias no son otras. Se encuentra atado a la cómoda butaca, su brazo roto ha sido debidamente entablillado, vendado y, por el olor, le han debido aplicar algún tipo de emplasto curativo o analgésico, porque el dolor de la fractura no es más que un leve pulso al ritmo de los latidos de su corazón. Ese alma caritativa, sin embargo, no se ha descuidado ni un solo momento de su seguridad: sus ataduras son cadenas de hierro, que rodean sus piernas de los tobillos a las rodillas y sus brazos de las muñecas a los codos. En torno a la butaca hay pintado un círculo de tiza con símbolos arcanos en cada dirección de la rosa de los vientos. Para rematar hay otro círculo más amplio rodeándole, hecho de sal, y ramas de salvia y romero entrelazadas a una herradura encima de la puerta.
En principio estas cosas no deberían funcionar por sí solas. Debería ser capaz de romper las cadenas pasar por encima del los círculos, patear la sal hasta esparcirla por toda la habitación y tomarse la salvia y el romero en una infusión. Solo un hechicero poderoso puede forjar tales cadenas, pintar tales círculos y anudar tales hierbas con esos nudos. Hay que conocer las palabras, los nombres, los sonidos y los olores de todas esas cosas para que puedan encerrar a un Príncipe. Y no ha habido tales hechiceros desde hace siglos. Asesino lo sabe bien, él eliminó a unos cuantos en los buenos viejos tiempos. Uno de esos magos parece haber salido de las sombras del pasado y de la muerte, para atormentarlo, y haber traído con él una sensación largo tiempo olvidada: El miedo.
No hay nadie más en la cabaña. El niño ha desaparecido junto con el móvil de mariposas y no hay ni rastro de la Bestia. La butaca ha sido colocada en otro ángulo, delante de la ventana, a través de la cual se puede ver la mayor parte del claro rocoso a la luz de los todavía numerosos relámpagos. Hay movimiento fuera. Por lo poco que puede ver, su captor no ha ido muy lejos.
La gigantesca Bestia está en cuclillas en el centro del claro, con las garras tocando la roca delante de él, parece esperar mirando a lo profundo del bosque. Se ha despojado del largo abrigo y del gorro de lana. No lleva puestos más que unos ajados pantalones vaqueros, un espeso pelo castaño cubre su pecho, su espalda, sus brazos. Parece un ridículo fenómeno de feria al que hubieran echado de la troupe por no atraer visitantes, y que se lamentara bajo la lluvia de su mala suerte. Pero cualquiera que le mire a los ojos por un solo instante, pensaría cualquier cosa menos que es ridículo. Si el miedo y el terror que esa mirada transmiten le dejaran pensar, claro.
De repente el monstruo mira hacia el cielo, ruge a las nubes que descargan sobre él y alza los brazos, como implorando a los dioses de la tormenta. Empuña una lanza, casi tan alta como él, que parece hecha enteramente de hierro forjado. Con un fogonazo terrible que deslumbra a Asesino, un rayo cae sobre él y un trueno ensordecedor retumba en todo el bosque. Cuando recupera la vista, en lugar de la forma humeante y retorcida que espera ver, encuentra a la Bestia de pie, con la mirada de nuevo clavada en lo profundo de la espesura.
-Demonios- musita- No puede ser. No debería ser posible. Él no puede hacer eso. Nadie puede ya.
A continuación, con voz profunda y terrible como la tormenta que acaba de desafiar, la Bestia grita:
-¿Vais a tenerme aquí toda la noche? ¡Vamos! No me hagáis ir a buscaros, no es vuestro estilo. ¡Que pase el segundo plato! Quizás tengáis más éxito que el duende.
Todo parece detenerse. Hasta la lluvia parece amainar. Se abre un claro en la nubes, por el que pasa la luz de la luna llena. El bosque mismo parece contener la respiración. Cuatro figuras embozadas entran en el claro. Salen de la espesura desde el punto en el que Bestia había posado su mirada. En silencio, sin un solo ruido que rompa la innatural quietud que ha caído sobre el bosque, lo rodean sin que él haga nada por evitarlo. Eso sí, lo hacen manteniendo la distancia y sin darle la espalda. “Más listos que yo” piensa Asesino, para su vergüenza.“O más avisados. Alguien va a pagar por esto mil veces, si salgo de aquí entero”.
Los recién llegados son altos y van vestidos de rigurosos luto. Es lo único que se puede decir con esa luz. A Asesino eso le inquieta porque a él no le hace falta luz para ver y, sin embargo, no es capaz de verlos. Es como si se escaparan a la vista cuando intenta enfocarlos, como una perpetua sensación de estar viéndolos por el rabillo del ojo. Al duende le da dolor de cabeza intentar fijar se en ellos y de una cosa está seguro: un humano ni siquiera se daría cuenta de que están ahí. Y no se daría cuenta para su desgracia, porque Asesino acaba de adivinar quiénes son y un escalofrío ha recorrido todo su cuerpo.
Las sombras se ciernen sobre la Bestia. Cuando a penas están a dos metros de él desenvainan unas largas espadas y cargan. El silencio sigue siendo absoluto. Todo pasa muy rápido. Las estocadas, golpes y tajos que lanzan son terribles. Las respuestas de la Bestia los son aún más. En apenas un minuto todo ha terminado como empezó, con Bestia en medio del claro apoyado en su lanza de hierro. Ha acabado con sus adversarios de uno en uno: Una estocada, un golpe, una dentellada, un zarpazo. Las Sombras Negras, símbolo de terror en el mundo de Asesino, han sucumbido y ahora se disuelven en la oscuridad de la noche, dejando atrás sus armas como única huella de su presencia. Hasta ahora el duende pensaba que tenía miedo, pero lo que sentía no era más que una leve desazón en comparación con el horror frío que ahora le cala los huesos. Ceja en sus intentos de escapar. Está a merced de algo que no es posible, algo que no debería existir, y que lo odia hasta unos límites que sus enemigos más acérrimos apenas pueden ni soñar.
El vencedor se vuelve hacia la cabaña. No ha salido indemne de la confrontación: cojea y un brazo le cuelga inerte. Con dificultad ha recogido las espadas de los vencidos y se encamina de nuevo al refugio, con ellas bajo el brazo herido. Con un gruñido abre la puerta, entra y deja la lanza y su botín apoyados en la pared. Haciendo caso omiso de su prisionero, se echa en el camastro y parece quedarse dormido aún antes de tocar con su enorme cabeza la mísera almohada. Asesino no aparta la vista de él, aterrado y fascinado a partes iguales. Así los encuentra el amanecer.
21.9.11
EL TESORO DEL ZAPATERO
por Jaime González García
–¡No puedo más! ¡No lo soporto! –gritaba el recién llegado–. ¡Es superior a mis fuerzas! Me acosa. ¿Por qué no deja de hacerlo? ¿Qué le he hecho yo para que me persiga con tanto ahínco? ¿Acaso no hay criminales más peligrosos que yo? No puedo más, así que me entrego a usted para que me detenga.
Aquel hombrecillo de hombros estrechos, gafas de concha y calva incipiente no paraba de repetir esas palabras una y otra vez, mientras estrujaba entre sus manos su viejo sombrero hongo. Ya llevaba así dos horas. Parecía deshecho, con los nervios destrozados, fuera de sí. Ese estado fue el que obligó al sargento Williams a hacer una pregunta que nunca antes había hecho como miembro de Scotland Yard, y ya iba para veinte años de servicio:
–Está bien, está bien. Queda usted detenido. Pero antes de proceder a su encarcelamiento... ¿Sería tan amable de decirme qué es lo que ha hecho?
–¿Que qué he hecho?–respondió–. ¿Que qué he hecho, me pregunta? ¡Como si no lo supiera! ¡Como si no hubieran sido ustedes los que le pidieron ayuda! Porque ha de saber, mi querido amigo, que sin la intervención de ese malhadado caballero yo nunca hubiera sido atrapado. ¡Nunca!
»Mi crimen, del cual ya hablaremos luego –prosiguió tras dar un largo trago al té que le habían servido hacía unos minutos–, resultó tan bien planeado y ejecutado que escapa a la capacidad de cualquier policía de esta ciudad. Eso dicho con el mayor de los respetos, claro está. Como todos sabemos, es en esos casos cuando Lestrade, o cualquier otro de sus superiores, recurre a ese “asesor independiente” del que tanto hablan los periódicos y que todos sabemos quién es.
Esto lo dijo tocándose la nariz con el dedo índice y una mirada de desquiciada astucia en los ojos. Williams lo dejaba hablar, pues temía que una interrupción terminara por derrumbar a aquel hombrecillo que, a todas luces, estaba loco.
–Yo ya estaba al tanto de la existencia de ese casi infalible detective. Tanto es así que decidí, antes de llevar a cabo mi obra maestra criminal, empaparme, por decirlo de algún modo, en su obra y milagros. Busqué en las hemerotecas todos sus casos publicados en prensa, y me hice con todas y cada una de las recopilaciones que ha publicado ese matasanos amigo suyo.
»Me pasaba las tardes rondando por su calle y trabando amistad con los que la frecuentaban (el lechero, el cartero, la florista de la esquina, el farolero...), para poderme hacer una idea de la forma en que su psique trabaja y así no dejar pista alguna que pudiera llevarle a mi paradero. Más que nada se trataba de una medida preventiva, por si se daba la circunstancia de que le pasaran el caso. Está claro que fracasé en mi empeño, porque, desde el día siguiente de llevar a cabo mi plan, empecé a encontrármelo por todas partes. Es muy hábil para el disfraz, eso lo ha demostrado un millón de veces, pero creo conocer todos y cada uno de los que más usa y lo detectaba apenas le veía. Me perseguía, a la espera de que yo cometiera algún error que me llevara a la ruina.
A estas alturas el sombrero hongo no era más que una bola de fieltro arrugado. Por un rato el desdichado dejó de hablar, sacudido por unos sollozos tremendos, mientras miraba a la ventana y a la puerta, alternativamente, como si esperara que el mismísimo Lucifer apareciera para llevárselo.
–Bueno, bueno, amigo, anímese –dijo el sargento dándole palmaditas en la espalda–. Tan mal no debió hacerlo cuando no fue detenido ipso facto. –El elogio pareció calmarlo un poco.
–Eso es verdad –prosiguió–, y es un orgullo para mí, pero, a veces, me hubiera gustado haber fallado de verdad, para no alargar esta agonía. No sé si me entiende. Es que verá, la persecución ya dura tres meses: no puedo dormir, se me ha empezado a caer el pelo y me ha salido una úlcera que debe tener el tamaño de una guinea. Es insoportable sargento, insoportable.
»Me lo empecé cruzar primero disfrazado de mozo de cuadra, pelirrojo y con unas tremendas patillas de hacha. Ese disfraz ya lo había usado en su primer encuentro con la señorita Adler. No se si lo recuerda. Sí, hombre, sí, cuando se infiltró entre el servicio de la casa donde ella vivía. Como me era conocido, lo detecté casi al instante, a pesar de que el engaño era tan perfecto que hasta el acento irlandés imitaba e, incluso, un domingo lo vi pasear acompañado de toda una familia ficticia que debía haberse alquilado. Aquel día le hice un gesto, desde la puerta de mi casa, haciéndole saber que lo había descubierto, y desde entonces el mozo de cuadras irlandés no ha vuelto a ser visto por la vecindad. Al verse descubierto había cambiado el disfraz. Me veía en la obligación de estar más atento que nunca.
–Pero hacerle saber que había sido descubierto fue una temeridad, ¿no cree? –preguntó Williams, cada vez más divertido con el descabellado relato.
–Puede ser –prosiguió el hombrecillo–, pero, por aquel entonces, yo todavía nadaba en los mares de la soberbia con la facilidad de un delfín. Me decía constantemente que podría superar a aquel hombre en su propio campo. Estaba convencido de poder detectar todas y cada una de sus tretas. Creía que jamás cometería un error que me delatara. Y así fue, pero a costa de mi salud mental y física, de mi hacienda y de mi reputación. Él me perseguía con el tesón de un sabueso y yo hacía el papel del zorro acosado.
»Además, he de añadir que cuenta con los servicios de multitud de gente de baja extracción que, por unas monedas, me vigilaba mientras él descansaba. Estaba esa pandilla de mocosos, desarrapados y sucios, que no paraban de acosarme en la puerta de mi casa o de camino a mi trabajo y que, para colmo de la desvergüenza, se atrevían a pedirme limosna o unas monedas por ejercer de mensajeros, recaderos o limpiabotas. Ni qué decir tiene que al cabo de unos días de asedio aprendieron a mantenerse alejados de mi bastón. –Con un gesto de la cabeza señaló el delgado bastón de bambú que había en el paragüero de la entrada y prosiguió.
»Cuando sus agentes infantiles no le fueron de más utilidad empezó a mandar a otros: mendigos, caldereros, afiladores, floristas, cerilleras... Una miríada de asalariados para vigilar todos y cada uno de mis pasos. Al cabo de unas semanas cerré mi taller alegando enfermedad y me encerré en mi casa. Si no salía más que lo imprescindible al final se cansaría, desistiría en su empeño y me dejaría en paz. Me equivocaba otra vez. Ese hombre no es humano.
»Volvió al truco de los disfraces para acecharme. Cada vez eran más elaborados, tanto en el maquillaje y vestuario como en la parafernalia necesaria para interpretar su papel. Un domingo se disfrazó de predicador suplente, alegando que el pobre señor Albernoon estaba en cama aquejado de ciática. Salí corriendo de la iglesia, como alma que lleva el diablo, y me dirigí a casa del legítimo pastor. Solo para cerciorarme de que estuviera bien, claro está, pues le tengo en alta estima. Y no lo estaba. No sé qué diabólico veneno empleó ese malvado, pero el pobre anciano no podía ni moverse de la cama. Ese monstruo es capaz de todo.
»Este fue el primero de los incidentes que han acabado con mi buen nombre, pues la esposa del pastor, una señora muy enérgica he de decir, se negaba a dejarme pasar a ver al enfermo, alegando que no estaba en condiciones de recibir a nadie. Por más que yo insistía en que era de la mayor importancia que viera a su marido, ella insistía en que no podía ser (seguro que también estaba conchabada con mi enemigo), de modo que no tuve más remedio que tratar de colarme por la ventana. A pesar de que tuve éxito en mi empeño, no salí indemne de allí. El viejo pastor se despertó y, asustado, empezó a llamar a gritos a su mujer. Esta entró en tromba armada con una enorme sartén. Hube de saltar por la ventana, no sin antes recibir un buen golpe en la coronilla. Como puede ver aún se nota el tremendo chichón. –Para probar que lo que decía era cierto tomó, para sorpresa del sargento, la mano de su interlocutor y le obligó a palpar esa parte de su anatomía. Efectivamente aún se notaba el chichón, ahora del tamaño de una moneda de dos chelines.
»Desde entonces no he podido volver a poner un pie en mi iglesia –añadió–. ¡Hasta la salvación de mi alma ha puesto en peligro ese monstruo!
»Empecé a salir sólo por las noches y por la ventana trasera de mi casa. Dejaba siempre una lámpara encendida para que pensara que aún me encontraba en mi habitación. Aún así me lo topé como el fumador de opio que interpretó en “La Liga de los Pelirrojos”. Incluso, una noche en que mis pasos me llevaron hasta Whitechapel, me pareció verlo aderezado como una vieja meretriz, pero de esto no estoy seguro.
»La poca reputación que me quedaba se vio reducida a nada cuando la señora Tate, miembro de una asociación que aboga por la erradicación de ese barrio de mala muerte, me vio saliendo de uno de los callejones más sórdidos. Yo solamente huía de una sombra que me seguía y que se parecía sospechosamente al medicastro ese que lo acompaña. Ninguna de mis explicaciones sirvió para nada y ahora me veo reducido a la condición de paria dentro de una comunidad en la que antes era respetado. Vivo en la más absoluta de las desesperaciones. Ya veo su cara de halcón por todas partes. Me estoy volviendo loco.
El pobre hombre rompió de nuevo a llorar desconsoladamente. Williams, ya más preocupado que divertido, le tendió un pañuelo limpio que él usó para sonarse con un trompetazo que no hubiera desentonado en una manada de elefantes de la India.
–Hoy ya ha sido la gota que ha colmado el vaso, como decía mi difunto padre. Hoy ha tenido la indecencia de venir a verme, a la hora del té, pero no de frente como todo gentilhombre debiera hacer. No, hoy también ha decidido presentarse representando un papel: el de anciano vendedor de libros. Ya no he podido más. He explotado y me he arrojado sobre él como una fiera. Tildándole de cobarde, sádico y diabólico monstruo, la he emprendido a golpes de bastón con él. Tanta ha sido mi furia que lo he puesto en fuga. A continuación, sabiéndome condenado, he decidido no brindarle, al menos, la satisfacción de detenerme. Y bien que he hecho, porque ya estaba el muy truhán con un policía a la puerta de mi casa cuando me escapaba yo por la ventana trasera, con el botín fruto de mis actividades delictivas bajo el brazo, rumbo a esta comisaría y a este su despacho. Y aquí me tiene. Renuncio a mi derecho a un abogado, métanme entre rejas y tiren la llave. A cambio quiero que me garanticen que jamás volveré a saber nada de ese implacable ser sin entrañas o sé que enloqueceré.
–Entonces– inquirió el sargento–, ¿su crimen fue un robo?
–Como si no lo supiera. Si no aprende a mentir un poco mejor, sargento, le veo pocas posibilidades de ascenso, no se lo tome a mal. Efectivamente mi plan maestro fue para ejecutar un robo. El robo más elegantemente ejecutado desde el Gran Robo del Tren. El objeto de mis desvelos estaba guardado literalmente bajo siete llaves y solamente el Can Cerbero igualaba en ferocidad a la bestia que lo custodiaba. Aún así todas esas precauciones fueron en vano.
»¡Me hice con él! –dijo ufano–. Se trata de un tesoro de incalculable valor, que he dejado a buen recaudo en manos de uno de sus subalternos. De hecho, no he dejado de insistir hasta que lo ha guardado en una de sus robustas taquillas. Si quiere verlo está a su total disposición.
La curiosidad picó al veterano sargento, que se levantó mientras, para alegría del reo voluntario, dijo:
–Efectivamente, voy a inspeccionar tan gran tesoro. Me temo que una de nuestras taquillas, por robusta que sea, no será suficiente para garantizar la seguridad de algo de tanto valor. Hágame la merced de permanecer en mi despacho y no olvide que está bajo arresto. –Con esto pareció sosegarse el pobre hombre.
Cuando salió de su despacho la expectación entre sus subordinados era evidente. El viejo Williams llevaba casi tres horas encerrado en el viejo cuarto de descanso con aquel loco que, entre sollozos, había entregado una vieja maleta atada con unas cuerdas al cabo de guardia y había exigido la presencia del oficial de guardia. Lo habrían mandado a paseo si no hubiera sido reconocido por uno de los guardias.
–¡Bah! Sólo es el viejo Thorpe, el zapatero de Baker Street –dijo–. Por lo visto se le fue la chaveta has unos meses y aún no ha vuelto a sus cabales. Dejadle hacer, ya se sosegará. Además, hoy la tarde parece tranquila y puede ser divertido.
El interés había aumentado aún más cuando uno de los compañeros que hacía la ronda llegó acompañado de un viejo vendedor de libros. Venía el pobre hombre con golpes que recordar y dispuesto a interponer una demanda contra el desgraciado zapatero.
–Sin cruzar palabra, oiga, sin cruzar palabra –repetía una y otra vez–. He llamado a su puerta a ver si le interesaba la nueva Enciclopedia Universal, pues así me gano el pan honradamente, y el muy animal se ha lanzado sobre mí como una fiera y me ha dado de bastonazos. Si no me voy corriendo me mata, amigos míos, me mata seguro.
Una vez sosegado y despedido el librero, al que la caridad cristiana impedía denunciar a un pobre hombre fuera de sus cabales, la salida del sargento del cuarto de descanso añadía un capítulo más aquella historia que tan distraída estaba haciendo la tarde.
–¿Y bien, señores? –dijo al percibir tamaña expectación–. ¿No tienen nada mejor que hacer?
–Vamos sargento, que estamos en ascuas. Veamos el fabuloso tesoro –dijeron todos, casi a coro.
Fingiendo que lo hacía a regañadientes, Williams tomó las llaves de la “robusta taquilla”, que no era más que el armario de las escobas, y sacó la mohosa maleta. Al deshacer los nudos la maleta, prácticamente, se les deshizo entre las manos. Dentro no había más que una bolsa de fieltro bastante llena. Tintineaba al agitarla y, con cuidado no fuera a ser de verdad un tesoro perdido, vaciaron su contenido sobre la mesa del cabo de guardia. Dedales. Unos doscientos dedales de todo tamaño, forma y material rodaron sobre la mesa. Los había de hierro, de acero, de madera, de alpaca, de porcelana decorada. Había dedales como para proteger de los pinchazos a todas las costureras de Londres.
–¡Demonios! –exclamó uno de los guardias más veteranos–. ¿No os acordáis que hace tres meses los herederos de la Vieja Smith se quejaron de que habían entrado en su casa y envenenado con laxante al terrier asqueroso aquel que tenían? Dijeron que lo único que se habían llevado era la maleta que les había dejado la Vieja con la horrible colección de dedales de su difunto marido. Mirad por donde, un loco roba la obsesión de otro loco. ¡Cómo está el mundo!
Con un suspiro el sargento Williams ordenó a todos que volvieran al trabajo, que alguno habría, y al cabo que llamara al hospital para que vinieran a recoger a pobre señor Thorpe. Ya se encaminaba hacia el cuarto donde estaba el “detenido” cuando un terrible aullido sobresaltó a toda la comisaría.
–¡Es él! Al fin ha venido a triunfar sobre mí. Pues no lo hará, ahora mismo me largo de aquí.
Se oyó un ruido de cristales rotos y el de un cuerpo a chocar con el suelo. Williams entró en tromba en su supuesto despacho y se encontró con que el pobre hombre se había arrojado por la ventana. Afortunadamente no estaban más que en un primero y solo se había torcido un tobillo. Cuando llegaron a la calle, los policías se encontraron con que el zapatero trataba de huir, medio cojeando medio a brincos, mientras con una risa demente gritaba:
–¡No me pillarás, no tú! Jejejeje. ¡No me pillaras, no tú! Jejejeje.
Lo detuvieron y se vieron en la obligación de esposarlo, porque ahora no quería entrar en el mismo edificio del que antes no quería salir por nada del mundo. Sus ojos dementes no dejaban de mirar a una pareja de caballeros de mediana edad, sin nada de particular, que parecían esperar a alguien en la esquina de la propia comisaría.
Aún se debatía cuando los enfermeros del hospital se lo llevaban al carro ambulancia, amarrado con una camisa de fuerza. Los dos caballeros todavía estaban allí, esperando. Lo que ocurrió cuando pasó a su altura fue todavía peor:
–Yo te maldigo, bestia con hielo por sangre –gritó con voz terrible–. No me pillarás porque ya me han pillado. ¡ÑAÑAÑAÑAÑA! –cantó con voz de niño–. ¡Estreñido! ¡Drogadicto! ¡Maricón! –Escupía y pataleaba. Maldecía como un estibador de Liverpool. Y todo el tiempo parecía dirigirse al caballero alto, al que no quitaba ojo de encima.
Ambos señores se quedaron helados ante tamaña demostración de locura.
–Una verdadera pena cuando la mente del hombre desvaría –dijo el más bajo de los dos–. ¿No le resulta conocido ese desgraciado caballero?
–Me temo que no lo había visto en mi vida -respondió el otro-. Retirémonos ahora que ya hemos resuelto los asuntos que nos traían aquí, querido amigo. He de meditar sobre ese nuevo asunto de la Rata Gigante, y le confieso que me pone los nervios de punta."
16.4.11
COSTUMBRES
De mi casa a la oficina hay hora y media de trayecto, la mayor parte del cual paso en un tren de Cercanías. Tres horas de viaje al día, en el mejor de los casos, que aprovecho para leer, escuchar música, dormir, mirar a las musarañas y, desde hace un año, observarla.
Ella se sube una estación después de la mía y continúa viaje cuando yo me apeo. También vuelve en el mismo tren que yo. Como yo, es de costumbres fijas, siempre se sienta en el mismo asiento, frente a mí, de espaldas a la marcha, siempre pone su mochila en el mismo sitio, siempre lee, escucha música, duerme o mira a las musarañas en la misma posición.¿Habrá tomado por costumbre observarme a mí? No lo sé, me gustaria pensar que sí.
En este año hemos cruzado cuatro palabras diarias: “Buenos días” y “Buenas tardes” por la mañana al partir y por la tarde al volver, respectivamente. He calculado que han sido unos doscientos días, así que resultan ochocientas palabras. Creo que hay compañeros de trabajo, a los que veo ocho horas diarias, con los que he hablado menos en los seis años que llevo en la empresa. Esa idea me parece curiosa.
Hoy hemos roto con nuestras costumbres. Hoy ella se ha subido al vagón con una extraña expresión en el rostro y, al ver que era yo el único ocupante, ha empezado a llorar. Quiero pensar que, al igual que ella para mi, yo soy alguien que forma parte de su vida, aunque sea de una forma efímera y, por qué no decirlo, extraña, y que llorar delante de mí no la incomodaba. Me he levantado y le he tendido un pañuelo limpio. Me he sentado a su lado.
Hoy me he pasado de parada y he llegado tarde a la oficina. Hoy he perdido un pañuelo.
Mañana cambio de asiento. De espaldas a la marcha.
19.7.10
EL VIAJE (II)
PRIMERA PARTE:
http://hrundivbaksi.blogspot.com/2010/07/el-viaje.html
(Sigamos, que nos dan las uvas)
Aún con todos los esfuerzos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, aún sin la intromisión de la prensa amarilla, aunque todos hubieran remado en la misma dirección para esclarecer los hechos, nadie hubiera podido averiguar el destino que había corrido esa gente. Solamente una persona en todo el universo tenía la capacidad para deducir los hechos acontecidos ese día de ventisca, pero Sherlock Holmes es un personaje de ficción inventado por un inglés a finales del XIX (¿o quizá no?). Esto es lo que pasó si es que usted, amable lector, desea seguir con nosotros.
Como ya dijimos el autobús partió a las cinco de la tarde con sus veintiocho ocupantes. Desde la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales tomaron las carretera de Aravaca, para enlazar con la Nacional V, dirección Badajoz. Esta era, y es, la ruta más sencilla para llegar a los pueblos del sudoeste de la provincia de Madrid. Una vez pasados los pueblos de Alcorcón y Móstoles, paradigma de las ciudades dormitorio españolas (Ve solo a dormir si puedes), salieron a una zona en la que aún se adivinaba el carácter agrícola que la zona había tenido hasta hacía no demasiado. Si el incidente, episodio de ira divina, o de su providencia, conjunción de esferas, colapso espacio-temporal, o como quiera llamárselo hubiera tenido lugar en más cerca las grande aglomeraciones de población de la zona, quizá todo hubiera sido diferente. Quizá hubiera sido peor.
Porque lo que en realidad ocurrió es que de repente, si previo aviso, la nube que amenazaba descargar comenzó a hacerlo. Y de qué manera. Al cabo de pocos kilómetros, Ceferino, avezado conductor, curtido en mil y una batallas al volante, se olió aquello no era normal y comenzó a musitar una oracion a San Cristobal, patrón de su pueblo y, por un afortunado azar, también de los conductores. Y debió ser atendido, porque se lo llevó con él a ese cielo en el que creía, y como se verá más adelante casi fue una suerte para él. Fue al primero que perdieron y ninguno de los cayeron más adelante tuvieron final más rápido y dulce,o varios de ellos le dedicaron a Ceferino sus últimos pensamientos, y todos, absolutamente todos eran versiones del tema “¡Jodido cabrón con suerte!”.
Volvamos a lo que nos ocupa, que nos dispersamos. Nevaba, muchísimo. Y hacía un viento que cortaba la respiración, pero Ceferino, profesional como pocos era el responsable de la seguridad del pasaje y no iba a dejarse arredrar por unos cuantos copitos de nieve mal contados, que estas cosas siempre parecen peores de lo que son. Además, San Cristobal no le había fallado nunca, así que decidió parar a ver conseguía llegar hasta la última gasolinera y desde allí llamar a Protección Civil, al Ejército o a quien narices se pudiera hacer cargo de sacar de allí a aquellos muchachos tan majos y tan raros, porque, y aquella era otra de las rarezas de la situación su movil habia dejado de funcionar y la radio del autobús parecía querer hacerle los coros a la tormenta con continuos ruidos de estática. En el momento en que consiguió hacer que el coche se detuviera, cosa bastante dificil porque patinaba de mala manera y ninguno de los sistemas de seguridad que se suponía debian evitar aquello parecía funcionar, abrió la puerta delantera, se envolvió en una mohosa manta que guardaba debajo del asiento y con un “Voy por ayuda porque así no podemos seguir, no veo una foca en una pista de tenis y si continuamos nos la pegamos fijo. Dejo la calefacción dada y en el portameletas hay mantas de sobra. ¡Ah! Y mi señora me ha puesto un termo con caldito de pollo, seguro que sigue caliente. En una horita o así estoy aquí, con la División Brunete si es necesario, ¡por estas!” Y besando la medallita de San Cristobal salió al frío de fuera. No volvieron a verle. Nadie lo conocía, nadie lo echó demasiado de menos, pero siempre fue considerado el primer Heroe Caido y su nombre consta en las Sagas de los Veintiocho en un lugar de honor.
Comenzaba así la espera. Se repartieron las mantas, afortunadamente había mucha parejita en la expedición de manera que ellos compartían y compensaban la escasez de tela con exceso de cariño. Hasta ese momento habían estado bastante tranquilos todos, asumiendo que lo de ver estrellas iba a quedar para otra noche pero que, en cuanto se alejaran de la malhadada nube, podrían llegar sin problemas a la finca de Doña Rosa y montar la fiesta en el cobertizo que, según informaciones de Naco, sobrino de la susodicha Doña, se alzaba en el lugar y en el que había chimenea y colchonetas para todos. La horita o así, pasó en un suspiro, y detrás de ella unas tres o cuatro más, o al menos así lo creyeron. Y al cabo de ese momento empezaron a ponerse nerviosos, aunqeu no dio para dramtismos y momentos de histeria, porque poco a poco, uno tras otro fueron cayendo a una duermevela primero, sueño profundo después, que hubiera supuesto, si aquello hubiera sido una tormenta de nieve normal, que al amancer lo que se hubiera encontrado dentro del autobus hubieran sido veintisiete polos extragrandes sabor humano.
Solo Rodrigo consiguió mantenerse medio despierto, y solo él pudo sentir ese momento en que todo se difuminaba a su alrededor, cuando todo, durante un instante, parecía aguantar la respiración a la espera de algo. Ese algo ocurrió pero Rodrigo no dio la voz dde alarma porque estaba acostumbrado a ese tipo de circunstancias, que él crei eran fruto de una leve enfermedad psiquiatrica, que él mantenia en secretoy que nunca le habia impedido ser una persona más o menos normal. Como la tormenta no era normal, tuvo el mal gusto de mantenerlos helados pero vivos para lo que después vendría, que sería sin lugar a dudas mucho peor que una dulce muerte por congelación, de manera que el amanecer los encontró a todos acurrucados unos contra otros, ateridos de frío y sin saber dónde narices estaban.
18.7.10
EL VIAJE
Era en aquellas noches, cuando el abominable vodka casero nublaba la vista y cancelaba temporalmente cualquier capacidad psicomotriz, cuando a Rodrigo le daba por pensar en cómo había empezado todo. La verdad es que no solía estar nunca en condiciones de sacar una conclusión válida y, de todas maneras, de nada habría servido. Siempre, antes de caer inconsciente ante el fuego del hogar, acababa diciendo las mismas palabras
“¿Por qué coño me levanté de la cama aquel día?”
Fue en un día desapacible, por llamarlo de algún modo. Unos de esos raros días en los que nevaba en Madrid y toda la región se convertía en un caos. Y fue una suerte que nevara, pues así fueron menos, como más adelante se contará, los que compartieron el desgraciado destino que los aguardaba en un lugar tan prosaico, a priori, como El Álamo, pueblo de la provincia de Madrid que quedaba, como diría el filósofo, “allá donde Cristo perdió el walkman”.
La aventura comenzó, contra cualquier pronóstico, en el club de Astronomía de la Facultad de Económicas el cual, como el lector se podrá imaginar, no era de los más populares entre los estudiantes, lo cual es razonable si se estudia el corte de los matriculados allí. Cuando lo que verdaderamente te interesa es sacar la carrera cuanto antes para trabajar en la empresa de papá, o para opositar, o para conseguir un trabajo que te permita pagar una hipoteca, en el peor de los casos, no son muchos los candidatos a entrar en una asociación sin ánimo de lucro que se dedica a mirar estrellas y que no va a representar un apunte demasiado brillante en tu currículo.
Sin embargo, fruto de la tenacidad de unos cuantos estudiantes raros y de la liberalidad (bendita liberalidad) de un decano amante de salir en las portadas de los periódicos universitarios como promotor, o incluso mecenas, de todas las actividades extra escolares que imaginarse puedan, Económicas contaba con grupo de teatro, coro, diversos equipos de deportes minoritarios (volley, balonmano y algo muy raro llamado Lacross) y el ya mentado Club de Astronomía “Perseo”. Mas esta buena estrella se hallaba en un tris de irse al garete a causa de una inoportuna recesión económica global, que se tradujo en un drástico recorte en las subvenciones y en un escrito, sobriamente redactado y firmado por el decano amante de las artes y las ciencias, que venia a decir que, o se demostraba el interés de los alumnos en las actividades de la asociación, o se cortaba el grifo. Y, para demostrar susodicho interés, iba a ser necesario presentar un libro de socios en el que constaran, al menos, cincuenta matriculados en las diversas carreras que se cursaban en la Facultad.
Entre los socios de Perseo cundió el pánico. Ni siquiera en sus mejores días habían pasado de la docena de socios, y en aquellos momentos se habían estabilizado en la nada halagüeña cifra de seis cazadores de estrellas aficionados, a saber: Rodrigo, presidente, Carlos, tesorero y los cuatro vocales, Ñaco, Esteban, Alberto y Luis. En su descargo hemos de decir que no era porque no lo intentaran, todos los viernes había reunión en la cafetería, anunciada mediante carteles por todo el recinto, en las que se animaba a los futuros economistas y empresarios a levantar su mirada de los modelos de la Teoría de Juegos de John Nash y los balances y admirar las maravillas del firmamento. Nunca tuvieron demasiado éxito, será porque ninguno eligió marketing como asignatura de libre configuración, de manera que al final acababan esa media docena de románticos, demasiado malos en matemáticas para estudiar astrofísica y demasiado cobardes para no elegir una carrera con “pocas salidas” y, armados de sillas de jardín, prismáticos y un telescopio de segunda mano, se plantaban en mitad del campo de fútbol a disfrutar de lo que les brindara la noche, si esta resultaba despejada. Si no lo era, acababan de copas en Casa Paco, borrachos (al fin y al cabo eran universitarios un viernes noche) y divagando si “2001, odisea en el espacio” reflejaba bien lo que sería realmente un viaje interplanetario o si Kubrick era un capullo pretencioso. Aquellos días dorados tocaban a su fin, y no porque ya no les dieran más pasta para la compra de lentes nuevas o los billetes de tren a la sierra, sino porque aquel viernes de diciembre se presentó en la reunión de emergencia el hermano de Carlos, un tipo aún mas capullo que Kubrick,tuno para más inri, que sentenció:
“¡Pues haced lo que nosotros! Montáis un sarao, hincháis a la peña de sangría y al final pasáis el libro de socios diciendo que necesitáis “simpatizantes”. Antes de que os deis cuenta, tenéis cien tipos que piensan que vais a montar una de estas todos los viernes”.
Normalmente las sugerencias del tuno caían en el más absoluto de los ostracismos, sin embargo esta vez, y esto se puede tomar como una medida de la desesperación de estos astrónomos aficionados”, le hicieron caso. Maldita la hora.
Siguiendo las instrucciones del tuno, se dejaron el presupuesto que se iba a dedicar a un juego de mantas térmicas, para las frías noches de invierno, en carteles enormes, de papel satinado y colores brillantes, en los que se veía un enorme vaso de sangría en la mano de una rubia neumática, casi de tamaño natural, al lado de un minúsculo, casi invisible telescopio, contrataron a un informático para que hiciera una página web y gestionara el blog y las cuentas de facebook, tuenti, netlog y twitter que se abrieron “ad hoc” y alquilaron un autobús de dos plantas, climatizado y con baño. En definitiva hipotecaron el futuro de la asociación aunque, por suerte, ese iba a ser el menor de los problemas que el viaje provocaría.
Si se hubieran parado a pensar un solo momento hubieran dejado la excursión para otro día. Porque el día amaneció desapacible como pocos. Había nevado, y eso que era mediados de marzo y la primavera debería haber empezado a dar señales de vida, un viento. frío y seco, cortaba caras y helaba manos y pies. Además el cielo estaba encapotado con un manto gris plomo bastante ominoso, y cuando dieron las cinco de la tarde, hora de salida desde la propia facultad, no es que hubiera despejado demasiado. Sin embargo siguieron adelante, era el ahora o nunca para la asociación, asi que en cuanto fueron una cifra apreciable (27 personas) subieron al autobús destino la finca de Doña Rosa, sita en El Álamo, último pueblo de la provincia de Madrid, lugar que no tuvieron la suerte de conocer porque nunca llegaron a destino.
Mucho se habló después del autobús desaparecido junto con 27 estudiantes y su conductor, en plena Nacional V, durante la extraordinaria ventisca que se abatió sobre Madrid aquel sábado 17 de marzo. Policía nacional, Guardia Civil, CNI y todo aquel que tenía algo que ver con los servicios de seguridad de este país, dedicaron tiempo y esfuerzos extraordinarios para esclarecer los hechos, sin ningún resultado. Las cadenas de televisión entrevistaron a todo aquel que podía, remótamente, tener relación con el vehículo y sus ocupantes, desde familiares a cualquiera que hubiera transitado por esa carretera ese día, sin que consiguieran aclarar nada y con el agravante de enfangar la investigación policial con descabelladas teorías y soprendentes testimonios de testigos que, en el mejor de los casos, acababan de salir del hospital psiquiatrico con el alta parcial y, en el peor, querían hacer caja con la desgracia ajena. Cuando la cosa se enfrió, porque a todo se acostumbra el ser humano, hasta a la desaparición sin dejar rastro de un autobús de de cuatro toneladas con todos sus ocupantes, solamente los amantes de lo extraño quedaron para recordar a los chicos de Perseo, bueno, ellos y las pobres familias, pero estas no tenían un programa en la telvisión los domingos a medianoche para recordar a todos que 28 personas se esfumaron en el aire para no volver a aparecer nunca, así que tuvieron que conformarse con dejar flores en la puerta de la Facultad de Economía cada 17 de marzo, a las cinco de la tarde.
